viernes, 20 de octubre de 2017

Milos Teodosic



Ha empezado la NBA. Lo ha hecho, sobre todo, marcada por la lesión de Gordon Hayward. Lo ha hecho hablando de nuevo de la rivalidad Golden State Warriors-Cleveland Cavaliers, a la que muchos suman a los ambiciosos Celtics de Boston y a los Oklahoma City Thunders. Los movimientos de jugadores como Dwayne Wade, Dwight Howard, Kyrie Irving, el propio Gordon Hayward, Ricky Rubio, D'Angello Russell, Paul Millsap, Paul George, Carmelo Anthony, Derrick Rose o Chris Paul marcaron el verano. También la llegada de Lonzo Ball y hasta los traspasos del año que viene, porque todo el mundo ha hablado de que LeBron James puede ser la temporada que viene un Lakers.
En cuanto a los españoles en la NBA, este año serán nueve. Siguen en sus equipos Pau Gasol (Spurs), Juancho Hernangómez (Nuggets), Willy Hernangómez (Knicks), Marc Gasol (Grizzlies), Álex Abrines (Thunder), Nikola Mirotic (Bulls) y Serge Ibarra (Raptors). Han cambiado Ricky Rubio (Jazz) y José Manuel Calderón (Cavaliers).
Como siempre, tenéis mejores sitios para informaros sobre cómo han quedado las plantillas, cuáles son los pronósticos, qué expectativas tienen los jugadores y/o los equipos... Lo que sea. Es la NBA. Mueve dinero. Podéis encontrar lo qué queráis donde queráis.
Aquí, para estrenar la temporada, vamos a hacer otro estudio distinto. Vamos a echarle un vistazo a los movimientos Europa-Estados Unidos de este verano. Es el segundo periodo de mercado, si no me equivoco, con el tope salarial revisado y con el poder adquisitivo de los equipos mejorados. El año pasado ya emigraron jugadores como Tomas Satoransky, Mindaugas Kuzminskas o Sergio Rodríguez, por nombrar solo a tres, que hubo muchos más. Este año, mi sensación es que el camino ha sido en las dos direcciones. Aún así, Europa ha visto cómo emigraban varios jugadores importantes. Lo vamos a resumir aquí, aunque hay que tener en cuenta que se nos pueden colar algunos y que, además, en la última semana ha habido varios jugadores que se han encontrado con el contrato terminado en sus equipos NBA y alguno puede encontrar salida en Europa.

Vuelven a Europa

El Baskonia que administra Josean Querejeta ha recuperado para el baloncesto europeo (y para su equipo, que ya jugó en Gasteiz) al veterano Marcelinho Huertas (34 años), que llega desde Los Angeles Lakers tras dos años agridulces en la NBA. Con el ha llegado el argentino Patricio Garino, quien jugó, el año pasado, un puñado de partidos con los Orlando Magic. Y también el norteamericano Jordan McRae, ex de los Cavs, quien todavía no ha debutado.
Son nuevos en Europa jugadores norteamericanos como Thomas Robinson (5º en el draft de 2012), quien tras una carrera peor de lo esperado en la NBA, dejaba los Lakers este verano para probar en el Khimki ruso; Norris Cole, quien tras pasar varios años en Miami y luego fichar por los Pelicans y los Thunder, jugará en el Maccabi de Tel Aviv; Ryan Kelly, quien pasó de los Rockets a la ACB para jugar en el Betis; Chason Randle, último fichaje del Real Madrid que pertenecía a los Knicks; o Ray McCallum, que ha hecho el camino desde Charlotte hasta Málaga para jugar en el Unicaja, aunque había jugado más en la D-League que con los Hornets.
También han vuelto varios europeos. Para Sasha Vujacic no es la primera vez. Ya volvió para jugar en Turquía e Italia, y ahora vuelve a hacerlo. Dice adiós a los New York Knicks, donde ha tenido claros y oscuros, y, a sus 33 años, vuelve a Italia para jugar en el Torino. Sergio Rodríguez, que volvió a la NBA para buscar una segunda oportunidad con los Sixers, decidió volver este verano, atraído por una suntuosa oferta del CSKA de Moscú. También había jugado en la ACB Kevin Seraphin, aunque brevemente, en Baskonia. Ahora, el francés, regresa a España para jugar en el FC Barcelona, tras varios años haciéndose con un hueco en la NBA. Un veterano compatriota suyo, Boris Diaw, es otro que vuelve al viejo continente después de muchos años. El veterano ala-pívot francés (35 años) abandonaba la NBA tras 14 temporadas en la liga (en la última, con los Jazz, jugó 73 partidos siendo titular en 33, no está mal) y firmaba por el Levallois de su país. Ya regresó brevemente en 2011, si no me confundo, durante el lock-out.

Norteamericanos que van a la NBA

El base norteamericano Mike James aprovechó sus buenas temporadas en Baskonia para firmar un buen contrato con el Panathinaikos griego. Un año después, se marcha a su país y firma por los Phoenix Suns. Participó en la severa derrota ante los Portland Trail Blazers con la que los de Arizona abrieron tristemente su temporada. Apenas jugó diez minutos, pero los aprovechó: 12 puntos, 2 rebotes y 1 asistencia. Shane Larkin ha hecho lo mismo desde Vitoria pero sin pasar por Grecia. Llego al Baskonia desde los Nets y un año más tarde se vuelve a la NBA, pero a los Celtics.
Jamil Wilson, ha hecho una buena temporada en Italia y pasa del Torino a los Clippers. Eso sí, combinará la G-League (antigua D-League) con la NBA. Otros dos compatriotas han hecho el mismo camino desde Italia: Eric Griffin, desde Cantú hacia los Jazz y Julyan Stone, desde el Reyer Venezia hacia los Hornets. En el caso del primero, la verdad es que lo de Cantú es un poco relativo. Griffin firmó por los italianos, llegando desde Israel, del Hapoel Gilboa Galil pero dos semanas más tarde lo rompía para firmar por los Jazz. Julyan Stone, sin embargo, si jugó en Venecia. Lo hizo por segunda vez desde febrero hasta agosto de 2017. Después, firmó por los Hornets. 
Los Jazz han sido uno de los equipos que más ha utilizado esta vertiente del mercado. Además de firmar a Griffin, también han sumado a su plantilla a Royce O'Neale, quien llega desde el Gran Canaria, a Ekpe Udoh, uno de los mejores interiores en el viejo continente y una de las razones para hacer campeón de Europa al Fenerbahce de Zeljko Obradovic, y Nate Wolters. Este último, antigua estrella de South Dakota, ha aprovechado sus años en Europa, en Besiktas y Estrella Roja, para regresar a la NBA. Solo Udoh tuvo minutos en el primer partido de la temporada para los Jazz. 
Otros tres norteamericanos llegan a la NBA desde Alemania, se tratan de Darius Miller, que lo hace desde el Brose Baskets hasta los Pelicans; de Malcolm Miller, que cambia Alba Berlín por los Toronto Raptors; y de Jack Cooley, quien pasa de Ludwigsburg a los Sacramento Kings. Este último ya jugó en la NBA y, además, pasó por el Unicaja. El primero, Darius Miller, era un jugador con peso en Europa. Vuelve a la NBA para triunfar, igual que lo hizo en Kentucky, con quienes fue campeón de la NCAA en 2012. 
Brandon Paul, ex del Joventut, también vuelve a la NBA. Lo hace para ponerse a las órdenes de Gregg Popovych. Pasa del Efes Pilsen a los San Antonio Spurs. Vince Hunter también ha encontrado un contrato, esta vez con los Grizzlies, e intentará quedarse en la NBA tras no encontrar un hueco después de su carrera universitaria y tener que emigrar primero a Grecia, Panathinaikos, y Rusia, BC Avtodor Saratov, luego. Finalmente, tras convertirse en el anotador histórico de Kansas State, Jacob Pullen comenzó una carrera europea que le llevó por Italia, Israel, España (Barcelona y Sevilla), Croacia y finalmente Rusia. Del Khimki ha pasado directamente a la NBA y jugará en los Sixers. En Europa tuvo una carrera irregular, con momentos de brillantez absoluta (como los 12 triples en un partido que aún son el récord en la ACB), y en la NBA aún le queda camino para hacerse con un hueco. Tanto él como algunos de los otros que hemos mencionado aquí, los Malcolm Miller, Eric Griffin, Jamil Wilson... se pasarán gran parte de la temporada, si no toda, en la G-League. 
Por cierto, no es norteamericano, es canadiense, pero Khem Birch, deja Olympiakos para firmar con los Orlando Magic. La temporada pasada, este ex de Pittsburgh y UNLV, llegó a Grecia desde Turquía e hizo un año aceptable (7.3 puntos 5.6 rebotes por partido en Euroliga). 

Europeos que van a la NBA

Probablemente, el emigrante más reconocido de todos es Milos Teodosic. El ex base de Olympiakos y del CSKA ha decidido, a sus 30 años, probar al otro lado del Atlántico. Lo hace en unos Clippers donde toma el puesto de Chris Paul. Ha hecho una buena pretemporada y empezó de titular ayer en la victoria ante Los Ángeles Lakers. Le vamos a dar el titular y la fotografía a él, hayamos utilizado ya su nombre o no. Teodosic sigue esa corriente distinta a la habitual, la de jugadores como Antoine Rigaudeau, Arvydas Sabonis o Juan Carlos Navarro. Europeos que se marchan a la NBA con una dilatada carrera por detrás, con más bagaje, con más posibles. 
El resto de los movimientos europeos hacia la NBA han llegado de Francia, Alemania y Turquía. Desde este último, han emigrado a la NBA dos de las promesas más importantes de su baloncesto, Furkan Korkmaz y Cedi Osman. El primero dejó el Banvit y firmó por los Sixers. El segundo salió de Anadolu Efes y jugará para los Cleveland Cavaliers. También desde Turquía, llega a la NBA uno de los jugadores más determinantes en Europa, actual campeón de la Euroliga con el Fenerbahce, equipo al que deja atrás para firmar con los Sacramento Kings. Hablamos, por supuesto, de Bogdan Bogdanovic. Ninguno de los tres ha debutado en el primer partido. Desde Alemania llegan a la NBA Maxi Kleber y Daniel Theis. El primero, ex del Río Natura Mombús en la ACB, dejó en verano el Bayern de Munich para firmar por los Dallas Mavericks. Espera crecer con la ayuda de su compatriota Dirk Nowitzki, pero, en el primer partido, se quedó todo el rato sentado en el banquillo. Igual que Daniel Theis, quien dejó el Bamberg para irse a los Celtics, y en el partido inaugural ante los Cavaliers no disfrutó de un solo segundo sobre la pista. Finalmente, desde Francia, llegan Frank Ntilikina a los Knicks y Yakuba Outtara a los Nets. El segundo llega desde el Mónaco de la liga francesa pero muy probablemente pase gran parte de la temporada en la G-League. El primero, Ntilikina llega a la NBA vía draft desde el Strasbourg de su país. En el draft, ocupó el 8º puesto en la primera ronda. Debutó y jugó 7 minutos (consiguió una asistencia) en el primer partido, consumado con una contundente derrota, ante los Oklahoma City Thunder. 

Los que se van a China

Por último, y con curiosidad, digamos que también son varios los jugadores que cambian la NBA por el dinero que les ofrecen en la potente liga china. Algunos también vuelven. Hasta Stephon Marbury decía que iba a volver. No sé qué pasará con algunos de los jugadores que se vieron cortados muy al final de la pretemporada. Pero, por ahora, Ty Lawson, de los Kings, Brandon Bass, de los Clippers, Luis Scola, de los Nets, y Christian Wood, de los Hornets, hasta donde yo sé, decidieron seguir con sus carreras en Asia. 


Como he dicho al principio, seguro que se me cuela alguno y, una vez más, hay incógnitas, propiciadas por los cortes de hace una semana, que aún quedan pendientes de resolverse. De todas formas, estas listas nos dan una idea general del movimiento entre continentes. 




martes, 3 de octubre de 2017

Tom Boonen



Como ocurre todos los años, porque ninguno es diferente, son muchos los corredores que este año pondrán fin a su carrera deportiva, y, sin duda, a algunos de ellos les echaremos mucho de menos. Uno de esos corredores que se retira, a los 37 años (los hará el próximo 15 de Octubre), es uno de los corredores más importantes que ha dado el pelotón ciclista en los primeros años del siglo XXI. 

Un belga de Mol, de 1,93 de altura, que llegó a convertirse en héroe en su país. Sí, por supuesto, hablamos de Tom Boonen

Boonen debutó con el US Postal, pero su carrera la ha hecho al abrigo de los proyectos de Patrick Lefevere y Wilfred Peeters. Dirá adiós con una buena ristra de récords, aunque alguno de estos los comparta con otros corredores, algunos de ellos históricos, igual que él, como Roger de Vlaemick, Mario Cipollini, Fabian Cancellara o Johan Musseeuw. Por ejemplo, es el corredor que más veces ha ganado clásicas como el E3 Harelbeke, Gante-Wevelgem o París-Roubaix. De hecho, es el séptimo corredor con más monumentos (Tour de Flandes, Milán-San Remo, París-Roubaix, Lieja-Bastogne-Lieja y Giro de Lombardía). Está empatado a siete con Fabian Cancellara y Gino Bartali. Por encima, solo quedan corredores de la calidad de Rick Van Looy (8), Constante Girardengo, Fausto Coppi y Sean Kelly (9), Roger de Vlaeminck (11) o el inalcanzable Eddy Merckx (19). Tom Boonen es, sin duda, el clasicómano de principios del siglo XXI. Junto con el suizo Cancellara, por supuesto, y algún otro que quizás no haya sabido ganar tanto como él pero lo ha luchado con igual fuerza y carácter.

Pero sus victorias en las clásicas, sobre todo en la dolorosa y exigente París-Roubaix y en su querido Tour de Flandes, se completan, por ejemplo, con un mundial de ruta (el que le arrebató a Alejandro Valverde y Anthony Geslin en 2005 en Madrid), y con un tercer puesto y medalla de bronce en la misma competición pero en 2016 (por detrás de Peter Sagan y Mark Cavendish). Ha ganado otras clásicas importantes, como la Scheldeprijs (dos veces), la Kuurne-Bruselas-Kuurne (tres veces), la Clásica de Bruselas, la A Través de Flandes, Veenendaal-Veenendaal, la París-Bruselas o el Memorial Rick Van Steenbergen. Su prueba fetiche en el calendario internacional era el Tour de Qatar, donde ganó cuatro generales y 22 etapas. Fue una de las pocas generales que ganó en su carrera, además de la Vuelta a Bélgica de 2005, que se llevó por delante de Bert Roesems y Linas Balciunas. En esta prueba, a lo largo de su carrera, por cierto, ganó hasta once etapas. También ganó etapas en Tour de Francia, seis en total (y un maillot verde de la regularidad) y dos en la Vuelta a España. Para ponerle la guinda, también fue dos veces campeón de Bélgica en ruta. 

No es un palmarés al alcance de muchos. Fueron los adoquines de Koppenberg y la brecha de Arenberg, sin embargo, las que le convirtieron en ídolo en su país. Su foto, junto a la de Eddy Merckx, se veía en las panaderías. En un país donde el Tour de Flandes es casi una fiesta nacional, Boonen alcanzó grandes cotas de reconocimiento, admiración y respeto por parte de una afición que venera lo mismo el triunfo que el esfuerzo. Por eso, quizás, sus errores y su vulnerabilidad, su humanidad errónea y equivocada no han hecho resentir el peso con el que pasará a la historia del ciclismo, aunque quede siempre la marca. Su primer positivo fue en 2008, por cocaína. El segundo, en abril de 2009, por el abuso de la misma sustancia. Ambos positivos ocurrieron fuera de competición. Tras el segundo, Boonen confesó problemas con el alcohol y una depresión. Sí pagó un precio, por supuesto, pasó de ser el ídolo guapo que salía en la televisión, en los pósters, en la prensa del corazón, a ser visto con reparo, a caer del altar. En una entrevista allá por 2009, se arrepentía pero reconocía sus errores: "Últimamente, mi nombre ha aparecido en las noticias de modo negativo. Me doy cuenta de que he dañado a mi familia, mis amigos, mi equipo y mis seguidores. Quiero pedir perdón por ello. Pero no soy perfecto. Aceptaré las consecuencias. A pesar de todo lo que se ha escrito, sea cierto o no, no estoy aquí para defender mi conducta." 

Los recuerdos ciclistas de 2017 siempre irán acompañados de un espacio para rememorar su retirada. La Scheldeprijs cambió el recorrido para que pasara por la puerta de su casa en Mol. En la París-Roubaix fue el foco de atención: era el último. Acabó 13º, en el grupo que llegó a 12 segundos del que ganó el sprint de los más listos, Greg Van Avermaet. Boonen concedió una entrevista a Eurosport en aquellos días, repasaba su memoria sentimental en las pruebas que han marcado su carrera y la historia ciclista de su país. Se convirtió en un personaje que trascendió lo deportivo, que ofreció los claros y oscuros que acompañan a cualquier historia personal de cualquier persona, los que ganan, los que pierden, los que les vemos ganar y perder, los que escribimos sobre sus victorias y derrotas. Dice adiós y vendrán otros detrás de él. Ya no es "Dios", como le llegaron a llamar, pero quizás nunca lo fue. Lo que sí fue, y durante mucho tiempo, es un gran corredor que amaestró el pavés con sus pedaladas de fuerza. 

martes, 26 de septiembre de 2017

Colin Kaepernick



No me da pereza. Porque hace falta. Allí y aquí, aunque cambien las coordenadas, los detalles o los protagonistas. Pero no tengo tiempo. No tengo tiempo para hablar de él, y de LeBron James, Alejandro Villanueva, Stephen Curry o Colin Kaepernick, que es quien se va a llevar el titular y la fotografía. Os invito a indagar, pensar, decidir y escuchar. Pero algo tenía que decir, y he decidido que Gregg Popovich lo diga por mí. 

Ayer fue el media day, un día en el que las franquicias de la NBA se exponen públicamente, se presenta y responden a la prensa. Siempre hay alguna declaración más sabrosa que otra, pero, generalmente, es una oportunidad para hacer fotos coloridas y resumir las predicciones sobre la temporada que se avecina. De todas formas, siempre que le ponen un micrófono delante, el entrenador de los San Antonio Spurs nos mantiene expectantes, porque podemos estar ante un nuevo ejercicio suyo de humor sarcástico y flemático, pero también porque, sobre todo en los últimos tiempos, no tiene problema en ofrecer su opinión, siempre acompañada de argumentos razonados y desarrollados pero con sinceridad y sin medias tintas. Ayer, ése fue el caso, tanto en lo concerniente al humor (abrió su turno ante la prensa con su habitual aspecto cansado e irónico para decir: "Es genial volver a estar delante de todos ustedes. He estado esperando todo el verano para que llegue este momento. Vale. Háganme las mismas preguntas que me llevan haciendo desde hace 15 años") como a las respuestas de alcance social y político. 

Quizás el origen de esta polémica no quede bien expresado en sus palabras, porque no menciona el asunto de manera directa, pero lo que dice, y cómo lo dice, ofrece una panorámica general, personal y comprometida de toda la polémica mediática, ideológica, política, deportiva y racial que ha explotado en los últimos días allí en los Estados Unidos. 

A propósito, he elegido unas declaraciones que no revelen los detalles, para incitar a los posibles lectores a que sean ellos mismos los que comiencen o prosigan con la búsqueda de información, e, igualmente, he hecho lo posible para esconder mi punto de vista y opinión, aunque esté mordiéndome las teclas para dejarlo aquí escrito y utilizando, además, el bloqueo de mayúsculas. 




I don’t think about some platform that I have. I’m an individual. I live in this country. I have the right to say and think what I want. It’s got nothing to do with my position. If it helps someone think one way or another about something, great. But the discussion has to take place.

Obviously, race is the elephant in the room and we all understand that. Unless it is talked about constantly, it’s not going to get better. ‘Oh, they’re talking about that again. They pulled the race card again. Why do we have to talk about that?’ Well, because it’s uncomfortable. There has to be an uncomfortable element in the discourse for anything to change, whether it’s the LGBT movement, or women’s suffrage, race, it doesn’t matter. People have to be made to feel uncomfortable, and especially white people, because we’re comfortable. We still have no clue what being born white means. And if you read some of the recent literature, you realize there really is no such thing as whiteness. We kind of made it up. That’s not my original thought, but it’s true.

It’s hard to sit down and decide that, yes, it’s like you’re at the 50-meter mark in a 100-meter dash. You’ve got that kind of a lead, yes, because you were born white. You have advantage that are systemically, culturally, psychologically rare. And they’ve been built up and cemented for hundreds of years. But many people can’t look at it that way, because it’s too difficult. It can’t be something that’s on their plate on a daily basis. People want to hold their position, people want their status quo, people don’t want to give that up. Until its given up, it’s not going to be fixed.
       
(Transcripción de una parte de la rueda de prensa de Gregg Popovich ayer durante el media day de los San Antonio Spurs. Esta transcripción fue publicada en sbnation.com, en un artículo firmado por Tim Cato y publicado digitalmente el 25 de Septiembre de 2017).


No pienso en que tenga ningún tipo de plataforma. Soy un individuo. Vivo en este país (Estados Unidos). Tengo el derecho de decir y pensar lo que quiera. No tiene nada que ver con la posición en la que me encuentre. Si a alguien le ayuda a reflexionar de una u otra manera, estupendo. Pero hay que discutir sobre el tema.

La cuestión racial es un asunto ignorado por la mayoría pero que todo el mundo entiende. Y no mejorará salgo que se hable de ello constantemente. 'Oh, van a hablar de eso otra vez. Ya están sacando de nuevo la cuestión racial. ¿Por qué tenemos que hablar sobre ello?'. Bueno, porque resulta incómodo hacerlo. Tiene que haber elementos que no sean cómodos en la agenda para conseguir que las cosas cambien, tanto si nos referimos al movimiento LGTB, el sufrimiento de las mujeres, la raza... La gente necesita que se le incomode al respecto de estos temas, sobre todo a los blancos porque vivimos con comodidad. Seguimos sin tener ni idea de lo que significa nacer blanco. Y si uno lee parte de la literatura más reciente, te das cuenta que no existe nada parecido a la blancura. Es algo que nos hemos inventado. No es lo que yo creía en un principio, pero es verdad.

Es difícil sentarse y pensar sobre por qué hemos nacido blancos. Esto supone una ventaja sistemática tanto a nivel cultural como psicológico que ha sido cimentada a lo largo de cientos de años. Pero hay muchas personas que no pueden verla de esta forma. Resulta muy complicado. No pueden lidiar diariamente con ello. A la gente le gusta conservar su posición. Mantener el statu quo y no dar su brazo a torcer. Pero hasta que esto no sea así, el problema no se va a arreglar.

(Traducción del extracto anterior publicada en as.com. La noticia la firma Manuel de la Torre Sanz y fue publicada digitalmente el 26 de Septiembre de 2017). 

sábado, 23 de septiembre de 2017

Ricardo García

Fuente: buscador de imágenes de google (ciclo21.com)


Ale, no me voy a comer la cabeza, al grano. Si mis datos son correctos, estos son los triunfos del pelotón vasco en la temporada de 2017. Si, de aquí a final de año, hay que añadir alguno más, actualizaré esta misma entrada. Y si se me ha colado alguno, invitados estáis a recordármelo. Le voy a dar el titular a Ricardo García Ambroa, vitoriano de 29 años que corre para el Kinan Cycling Team porque fue la victoria más reciente cuando me puse a recopilar los datos, porque es uno de esos ciclistas empeñados en salvar todos los obstáculos y labrarse una carrera profesional, emigrando y dando pasos en aparente silencio mediático, y porque, también, había que elegir uno y podía ser cualquiera. 

Todos los datos están sacados de la web procyclingstats.com. Y solo incluyo victorias de etapa y generales, aunque, como sabrán los habituales de este blog, nosotros también solemos reconocer otros puestos de honor, victorias menores, derrotas, intentos y demás sucedidos en carretera. Sin embargo, esta entrada, es para otra cosa. 

Jon Aberasturi
1º en la 3º etapa Tour de Tailandia
1º en la 4º etapa Tour de Japón
1º en la 1º etapa Tour de Korea
1º en la 4º etapa Tour de Korea
1º en la 1º etapa Tour de Qinghai Lake
1º en la 5º etapa Tour de Qinghai Lake
1º en la 5º etapa Tour de Taihu Lake

Jon Ander Insausti
1º en la 8º etapa Tour de Japón

Gorka Izagirre
1º en la 8º etapa Giro de Italia
Klasika Primavera

Ricardo García
1º en la 3º etapa Tour de Molvccas

Egoitz Fernández
1º en la 3º etapa Tour de Tochigi

Jonathan Castroviejo
1º en la 3º etapa Vuelta al Algarve
1º en el Campeonato de España CRI

Mikel Landa
1º en la 1º etapa Vuelta a Burgos
1º en la 3º etapa Vuelta a Burgos
1º en la General Vuelta a Burgos
1º en la 19º etapa Giro de Italia

Mikel Aristi
1º en la 1º etapa La Tropicale Amissa Bongo

Enrique Sanz
1º en el Tour Series Northwich

Omar Fraile
1º en la 11º etapa Giro de Italia

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Mikel Aristi



Bueno, esta entrada va para aquellos aficionados al ciclismo vasco que aún visitan este blog de vez en cuando y que saben que hay que leerlo con capacidad de crítica y sin fiaros mucho. Vamos a hacer un pequeño repaso a la situación del ciclismo profesional vasco en cuanto a los equipos que le representan. Después de que en mayo, Jon Odriozola y otros responsables del Murias Taldea, único equipo vasconavarro junto al Caja Rural que nos quedaba en el pelotón, anunciaran la intención de aspirar a una plaza en la categoría profesional continental, durante la Vuelta a España, nos llegó una segunda noticia esperanzadora, el compromiso de Mikel Landa con el proyecto de la Fundación Euskadi, tomando el relevo de Miguel Madariaga, y dejando abiertas todas las posibilidades, desde seguir solo como proyecto de formación hasta ambicionar un equipo en alguna de las tres categorías profesionales. 

Los más incautos, inocentes e idealistas, que las tres empiezan por i, lo primero que pensamos fue: qué cojonudo sería que se pusieran los dos proyectos de acuerdo. Bien, pues empecemos por ahí: según noticia del 7 de Septiembre de 2017 en el periódico Noticias de Gipuzkoa, el Gobierno Vasco, poco después del anuncio en Logroño que presentaba el nuevo proyecto de Mikel Landa para con la Fundación Euskadi, intercedió para promover una reunión entre ambos equipos. Copio aquí directamente de la noticia publicada en su día: "[la reunión] tal y como ha podido saber este periódico, se produjo en la mañana de ayer en Lakua tras ser impulsada por el Gobierno Vasco. El Ejecutivo autonómico ha querido mediar entre los responsables de ambos proyectos para conocer de primera mano las ideas que manejan cada uno de ellos para tratar de buscar un consenso, si es que este fuera posible, toda vez que parece inviable que Euskal Herria cuente con dos proyectos ciclistas que aspiran a estar en las mejores carreras del mundo." El periódico guipuzcoano daba más detalles y decía que, en esa reunión, estuvieron "Bingen Zupiria, consejero de Cultura y Política Lingüística; Jon Redondo, director de Deportes del Ejecutivo Vasco; Paulino Barrenetxea, director general de Murias Grupo; Jon Odriozola, mánager deportivo de Euskadi Basque Country-Murias Taldea; Mikel Landa, presidente de la Fundación Euskadi; y Jesús Ezkurdia, miembro de la Fundación Euskadi." Se terminaba el artículo diciendo que no había conclusiones ni detalles porque solo era una primera toma de contacto y se esperaba que hubiera más reuniones. 

Cuando nació la Fundación Euskadi y después Euskaltel-Euskadi, todo pareció monolítico y sólido. Todos a una y para adelante. Han pasado cinco años (lo sé, se nos ha hecho eterno), desde que el equipo desapareció, dejando atrás diecinueve años de crecimiento y una buena ristra de corredores que se hicieron profesionales dentro de la estructura (aún se ven las consecuencias: Ion Izagirre, Gorka Izagirre, Mikel Nieve, Mikel Landa, Jonathan Castroviejo, David López, Igor Antón, Pello Bilbao...). Ahora, se intuye una buena oportunidad para volver a tener una salida para los corredores amateurs vascos que quieren hacerse profesionales. El problema, parece, es que, esta vez, convendría llegar a acuerdos, trabajar juntos, compaginar diferentes puntos de vista e ideas. Quizás se pueda hacer por separado, pero, en conjunto, siempre se es más fuerte. Si no, que se lo pregunten a Chris Froome. 

En cualquier caso, y más allá de esa supuesta reunión, aún no han trascendido mayores cosas sobre las ideas de Mikel Landa para la Fundación Euskadi. Se supone que todo irá despacio, a cocción lenta, y que el corredor alavés sopesará bien qué hacer, cómo hacerlo y en quién delegar. Él es el presente del ciclismo vasco, y ahora parece erigirse también en el futuro, así que habrá que dejarle trabajar con tranquilidad y buen pulso. 

El otro proyecto, el de Euskadi Basque Country-Murias Taldea parece más aposentado y repujado. Las noticias se suceden con cuenta gotas, pero, después de aquella declaración de intenciones de mayo, hablando de dar el salto, de invitaciones a pruebas UCI y de más, estábamos ansiosos de saber más y de que todo aquello se confirmara y no se quedara en humo. Bueno, pues parece que van dándose pasos en esa línea, en la buena línea que apunta hacia arriba. 

Dejando, por ahora, lo deportivo a un lado, y ciñéndonos a lo económico, el Diario Vasco publicaba hace tan solo unos días lo siguiente: "El Euskadi-Murias ya ha depositado en la Unión Ciclista Internacional (UCI) el aval de 20.000 para realizar la inscripción como equipo Continental Profesional la próxima temporada. Además, la formación dirigida por Jon Odriozola ha abonado también el aval total del presupuesto del equipo (unos 400.000 euros) con lo que el salto de categoría del equipo vasco va tomando cuerpo." Es decir, aunque no hubiera trascendido hasta entonces, sí parece que el equipo está llevando a cabo los requisitos para cumplir con las promesas que se hicieron en mayo. Entiendo que aún queda mucho camino burocrático, muchas idas y venidas en oficinas enmoquetadas, pero que se hayan cubierto ya los primeros requisitos económicos no deja de ser un aliciente para creer que sí, el año que viene, tendremos un representante vasco en el pelotón internacional, corriendo pruebas más exigentes y mediáticas. 

Por supuesto, otro argumento que demuestra que ya se está trabajando en ese sentido es que empiezan a llegar las primeras noticias sobre la confección de la plantilla. Allá por el 18 de junio de 2017, en el diario Deia, Jon Odriozola confesaba sus planes deportivos en una entrevista posterior al anuncio del proyecto de continental profesional: "Tenemos la idea de confeccionar una plantilla de entre 18 y 20 corredores. 18 como mínimo. Y si llegamos a los 20, perfecto." El máximo mandatario del Euskadi Basque Country-Murias Taldea, eso sí, confirmaba que no todos los corredores que estaban en el actual proyecto continental tendrían continuidad en el profesional continental: "La seriedad y la profesionalidad de todos está fuera de toda duda. Pero habrá que dar algunas bajas."

Bien, pues las primeras noticias han ido llegando lentamente. El 8 de Septiembre de 2017, Iñaki Izquierdo, un periodista parece que bien informado en cuanto a lo que atañe al ciclismo vasco, anunciaba en Diario Vasco que había dos bajas seguras en el equipo para la próxima temporada, pero que podría haber más: "Las de Olaberria y González podrían no ser las únicas bajas del Murias para la próxima temporada." Por lo tanto, Pello Olaberria, quien llegó desde el proyecto de formación que lidera Alberto Contador (con aspiraciones de ser continental la próxima temporada, por cierto) y el burgalés Adrián González serían las primeras bajas. Si restamos a estos dos, de la plantilla que Odriozola ha dirigido este año, nos quedan hasta once corredores: Gari Bravo, Beñat Txoperena, Ander Barrenetxea, Mikel Bizkarra, Aritz Bagüés, Julen Irizar, Gotzon Udondo, Mikel Iturria, Óscar Rodríguez, Aitor González y Eneko Lizarralde. 

Pongamos que siguen los once, cosa que no parece probable del todo. Aún quedarían, hipotéticamente, según los planes que confesaba en junio el propio Odriozola, entre siete y nueve fichajes o ascensos de amateurs. Mercado hay, aunque haya corredores, como los mencionados unos párrafos más arriba, ciclistas vascos en equipo UCI, u otros que no mencionábamos ahí, como Romain Sicard, Beñat Intxausti u Omar Fraile, que parece muy difícil que bajen un peldaño para incorporarse a las condiciones deportivas y económicas de este equipo. Por ahora, ya se han anunciado dos nuevos corredores: Mikel Aristi y Enrique Sanz. El primero, de 24 años, ya estuvo en la Fundación Euskadi, en la categoría continental, pero abandonó el equipo para dar el salto y firmar por el equipo francés del Delko-Marseille. Esta temporada, ha conocido el triunfo al imponerse en una etapa de la Tropicale Amissa Bongo. Por otro lado, el Euskadi Basque Country-Murias Taldea anunció también la incorporación del navarro Enrique Sanz, un hombre rápido, con mucha experiencia (de 2011 a 2016 estuvo en el Movistar Team de Eusebio Unzué, de quien es sobrino, etiqueta que, según confesaba en una entrevista, siempre le ha pesado) que llega del Team Raleigh británico con quienes también ha saboreado una victoria.

No ha habido más anuncios o, hasta donde yo sé, más rumores. En la web cyclingfever.com, que hace una recopilación exhaustiva de los traspasos, renovaciones y rumores del mercado, no hay nada más que podamos añadir. Hay, eso sí, rumores o noticias sobre candidatos que podrían haber entrado en este proyecto y parecen alejarse de él. Por ejemplo, parece confirmado que Julen Amezketa, hasta ahora corredor del Wilier-Selle Italia, con los que debutó este año en el Giro de Italia, firma por Caja Rural junto a su compañero de equipo Cristian Rodríguez. Según esa misma web, Xuban Errazkin, debutante en Portugal el año pasado, el corredor más joven del pelotón vasco y una promesa del mismo, estaría a punto de firmar por el ambicioso proyecto francés del Fortuneo-Oscaro, donde correrá el año que viene Warren Barguil. Es solo un rumor, eso sí.

Así solo nos queda crear nuestros propios rumores o quinielas para saber quiénes podrían ser esos siete o nueve corredores que se sumen al proyecto de Odriozola. Yo siempre he pensado en los exiliados al Japón, gente como el veterano Jon Aberasturi y el joven Egoitz Fernández, pero no tengo argumentos para decir si es plausible o no: no sé si son del interés de los técnicos del Murias Taldea, si ellos tienen contrato en vigor, si tienen ganas de volver... Por supuesto, entre los amigos, siempre hay quien se acuerda de Igor Antón. Aún pendiente de ver qué pasa con su contrato con el Dimension Data, muchos pensamos que el bilbaíno podría ofrecerle una buena temporada a este equipo, dándole, si no triunfos, al menos visibilidad, y ayudar a que el proyecto se haga más fuerte. Pero, claro, a Antón le van quedando pocos años de ciclismo y él querrá firmar el mejor contrato que pueda. Hay más corredores vascos en distintos proyectos continentales que podrían resultar interesantes: Jokin Etxabe, Víctor Etxebarria, Egoitz García, Ibai Salas, Igor Merino, Mikel Elorza... También están los del Caja Rural, Álex Aranburu, Jon Irisarri, Josu Zabala, pero estos ya están en la categoría y desconozco si tienen contrato para la próxima temporada. Jon Ander Insausti sería una buena incorporación, por supuesto, pero corre en UCI Pro Tour con Bahrain y parece difícil convencerle de que mire hacia abajo. Como he dicho desde el principio y repito ahora, esto es un juego, no tengo la información ni dispongo de los datos para afirmar que estos corredores estén dentro de las intenciones de los directores del Murias, ni tan siquiera que, si de estarlo, haya posibilidad o los afectados tengan interés alguno en venir. 

Finalmente, claro está, también hay corredores abajo esperando que alguien les dé una oportunidad. La lista es larga, mucho más larga de lo que yo pueda escribir aquí. Desde los ganadores del Lehendakari y el Euskaldun, Mikel Alonso e Iker Azkarate, hasta otros corredores vasconavarros que han destacado esta temporada, como Txomin Juaristi (ya ha sido stagiaire con el Murias Taldea este mismo año, al igual que Cyril Barthe, por lo tanto, ambos candidatos a entrar en la lista final), Jokin Aranburu, Jon Madariaga, Asier Arana, Iker Ballarín, Ibai Azurmendi, Oskar Mallatsetxebarria (quien ya debutó en el pelotón profesional con el Massi-Kuwait), Gotzon Martin... Incluso alguno de los corredores no vascos que se han formado en equipos de formación vascos, como Fernando Barceló (en la órbita del Cofidis), Marc Buades, el castellonense del Lizarte Iván Moreno, Juan Antonio López-Cozar, Sergio Samitier... 

Para todo esto, habrá que esperar. Para ver quién corre y con quién, cuándo y cómo, para todo, habrá que esperar. La cosa va lenta, pero parece que segura. Las noticias que aparecen siempre parecen positivas, después de cinco años de continuos desencantos. Sería, es mi opinión, ideal que se encontrara una forma de encajarlo todo y trabajar en conjunto, en un gran proyecto que pudiera aunar las aspiraciones e ilusiones de todos, volviendo a catapultar el salto profesional de los corredores amateurs y arrastrando, con ello, a una afición que, en realidad, nunca ha dejado de ir, bien sea para apoyar al Caja Rural o para apoyarlos a todos, que es lo bonito del ciclismo (a uno quizás lo aplaudes más fuerte, pero, en líneas generales, aplaudimos a todos). El pelotón nacional lleva años de sangría y deterioro. Se necesitan equipos profesionales que alienten el interés de los jóvenes. Los estragos se han notado también en el pelotón amateur. La lucha económica se sigue fraguando, pero esperemos que estas buenas noticias se perpetúen y todo lo que aquí vamos apuntando como potencial se acabe convirtiendo en realidad. 

En lugar de decirlo poco a poco, como va ocurriendo, volveremos en otra ocasión y haremos otro resumen gigantesco y desordenado como éste. Siempre, recordándoos, como no dejamos de hacer, que esto es un blog, el que escribe no es periodista, la información se toma de otras fuentes, no tenemos los recursos para saber más de lo que sabemos y nuestras opiniones y criterios suelen ser bastante subjetivos, torpes y superficiales. Así que leedlo si os apetece, quedaros con cuatro cosas, y desarrollarlas por vuestra cuenta. Y riesgo. 

Posdata: vamos a darle el titular a Mikel Aristi, porque, de los dos fichajes anunciados recientemente (noticia que dio pie a esta entrada) él es el primero por orden alfabético. La fotografía, para compensar, se la regalamos a Enrique Sanz. Como siempre, proviene del buscador de imágenes de google.com y, en realidad, parece que la fuente es la web oficial del equipo Murias Taldea.


Actualización:

Y, bueno, no iba a actualizarlo para alegrarme por mis dotes de adivino, ya que solo un día después de publicar esto, el Euskadi Basque Country-Murias Taldea anunciaba el fichaje de Jon Aberasturi. No, la actualización de esta entrada, cosa que no suelo hacer habitualmente, sucede porque hoy mismo la página zikloland.com anunciaba bajo el titular de "Mikel Landa lanza la Fundación Euskadi como Continental en 2018", que el año que viene, y de la mano de Jorge Azanza como encargado deportivo, el equipo vasco ya mencionado pretende dar el salto al pelotón profesional en el tercer escalafón, dándole la alternativa a entre diez y doce corredores que tendrán la oportunidad de disputar pruebas profesionales en España, Portugal, Francia e Italia. El proyecto que encabezan Mikel Landa y Jesús Ezkurdia cuenta con el apoyo económico de Orbea y Etxeondo que harán posible ese equipo continental. Landa en persona anunciaba el proyecto y terminaba la presentación con una interesante frase: "un salto que espero no sea el último".

lunes, 18 de septiembre de 2017

Klemen Prepelic

Fuente: buscador de imágenes de google (lavanguardia.com)


Supongo que, en general, tres de los cuatro primeros equipos de este Eurobasket 2017 estaban en las quinielas de muchos pero probablemente en un orden distinto. Más aún, cuando el primero de los cuatro es el que sospecho que se quedaba fuera de los pronósticos de muchos de nosotros, y me voy a meter en el saco.

Todos lo han llamado el Eurobasket de las bajas y así ha sido. Por lesiones o por renuncias, o por lo que fuera, faltaron o no fueron seleccionados, jugadores como Andrea Bargnani, Danilo Gallinari, Sergio Llull, Nikola Mirotic, Rudy Fernández, Giannis Antetokounmpo, Rudy Gobert, Omer Asik, Kostas Koufos, Mario Hezonja, Ersan Ilyasova, Milos Teodosic, Tony Parker, Nikola Jokic, Ante Tomic, Nemanja Bjelica, Jusuf Nurkic, Enes Kanter, Marcin Gortat... Esos cuatro equipos que mencionábamos al principio, al que no se esperaba y los tres que sí contaban en las apuestas, también tenían sus bajas. Quizás la de los eslovenos eran menos mediáticas. Sin embargo, el peso en la pintura de jugadores como Mirza Begic, Alen Omic o Uros Slokar podía ser muy importante para ellos. También la ausencia de Zoran Dragic parecía importante. Por supuesto, eran más comprensibles las ausencias de veteranos como Primoz Brezec (37 años), Bostjan Nachbar (37), Vlado Ilievski (37), o Beno Udrih (35). Toda una generación que vivió muchas decepciones. Nachbar, Begic, Zoran Dragic y Slokar estaban en aquella selección que en 2013, dirigida por Bozidar Maljkovic y siendo anfitriona, tuvo que sobrellevar la derrota en cuartos ante Francia. Por el contrario, Gasper Vidmar, Edo Muric, Jaka Blazic y Goran Dragic, cuatro años más tarde, se han resarcido por todo lo alto. También Jaka Lakovic, ayudante de Igor Kokoskov en esta edición, y en la cancha en 2013. 

La victoria final de Eslovenia, con un campeonato inmaculado, deja patente dos cosas. Bueno, yo diría tres. Primero, la calidad inmensa, tanto anotadora como de liderazgo, de Goran Dragic, quien, a sus 31 años, y once temporadas en la NBA, aún no había recibido el merecido reconocimiento internacional. Este título hará justicia a su rendimiento. Segunda, la potestad de Igor Kokoskov para reclamar que su nombre tenga ascendencia en el baloncesto europeo. Son muchos años ya dividiendo su carrera entre el trabajo de ayudante en los Estados Unidos y la dirección de selecciones aspirantes en campeonatos de naciones. Que la selección de Eslovenia haya llegado hasta el primer puesto del pódium es, en gran parte, culpa suya: ha sido capaz de sacarle un jugo a ciertos jugadores que nadie antes había conseguido sacárselo. Ha arriesgado, además. Y lo ha hecho hasta el último minuto de campeonato. Y le ha salido siempre bien. Y tercero, a pesar de ese tercer cuarto de la final, el Eurobasket 2017 ha sido la confirmación de que ha nacido una estrella. Los que tenemos la suerte de poder seguir la ACB de cerca, ya lo sabíamos, lo íbamos viendo, pero en Turquía lo hemos visto todos. Luka Doncic está llamado, vuelva a ganar o no, a marcar una época en el baloncesto europeo. Lo que hace con 18 años, en todos los aspectos y niveles del juego, es imposible calificarlo con todos los adjetivos positivos que se nos ocurran ahora. 

Ha habido, hay, un relevo generacional. En este Eurobasket de 2017 aún han rendido a pleno nivel los hermanos Gasol, Pau Gasol y Marc Gasol, Alexey Shved, Sergio Rodríguez, Timofey Mozgov, Marco Belinelli, Mantas Kalnietis, Ricky Rubio, Vitaly Fridzon, Boban Marjanovic, Luigi Datome o Zaza Pachulia. Incluso, hemos tenido veteranísimos como Jiri Welsch (37), Juan Carlos Navarro (37), el propio Pau Gasol, de la misma generación que Welsch y Navarro, Axel Hervelle (34), Sinan Guler (34), Janis Blums (35), Guy Pnini (34), Yotam Halperim (33), Jon Stefansson (35), Ioannis Bourousis (34), Kieron Achara (34), Boris Diaw (35), Teemu Ranikko (37) o Marko Popovic (35). Pero, sin duda, lo que nos queda de este último campeonato es el paso a delante que han dado jugadores como el ya mencionado Luka Doncic y de otros como Kristaps Porzingis, Dario Saric, Bogdan Bogdanovic, Dennis Schroeder, Artem Pustovyi, Jonas Valanciunas, los hermanos Juancho Hernangómez y Willy Hernangómez, o Lauri Markkanen. Ha habido más, quizás con unas estadísticas menos llamativas, pero sus nombres volverán a repetirse en otros Eurobaskets, convirtiéndose esta edición en su primera ocasión en lo más alto del baloncesto europeo, gente como Dragan Bender, con minutos pero sin tanta incidencia, Dino Radoncic, saliendo de titular en algún partido, Tryggvi Hlinason, un poste inmenso recién fichado por Valencia Basket que no ha jugado tanto como se esperaba en Islandia, Marko Guduric, Alekesej Nikolic, Vasilije Micic, Rolands Smits, Zoltan Perl, de lo mejor de Hungría, un jugador muy aprovechable que debe andar jugando en la segunda división italiana, Janis Timma, son 25 años ya, pero su valor sigue creciendo o las dos nuevas estrellas turcas, Cedi Osman y Furkan Korkmaz.  Podríamos incluir en esta lista al jugador que titula esta entrada, Klemen Prepelic, quien, a punto de cumplir 25 años, ha aparecido cuando nadie lo esperaba y se ha convertido en uno de los secretos de la Eslovenia ganadora, escoltando a Doncic y Dragic. 

En resumen, ha resultado este, a la vista torpe y corta de este observador de poco fiar, un Eurobasket atractivo, con mucha competencia, buenas actuaciones individuales, el relevo generacional ya mencionado y una preocupante ausencia de público en algunos partidos. Ha sido, sobre todo, un campeonato de nombres propios: la capacidad anotadora y la belleza estética de Alexey Shved, el pulso competitivo y el magisterio de Pau Gasol, la rapidez y puntería de Goran Dragic, el liderazgo de Bogdan Bogdanovic, la calidad innata y juvenil de Luka Doncic, hasta cuestiones más anecdóticas también fueron individuales, como el triple doble del rumano Andrei Mandache, tercero de la historia del Eurobasket. A los ya mencionados Shved, Gasol, Dragic, Bogdanovic y Doncic, que, no por casualidad, fueron nombrados en el mejor quinteto del campeonato, yo añadiría la solvencia de Sergio Rodríguez, la defensa de Ricky Rubio, el crecimiento de Dennis Schroeder, el pundonor de Ettore Messina, la clase de Dario Saric, la facilidad de Anthony Randolph, el curro de Gabriel Olaseni, el futuro de Lauri Markkanen, la electricidad de Kostas Sloukas, Nikita Kurbanov, Adam Hanga, Davis Bertans, Nicolo Melli, Janis Strelnieks, Mindaugas Kuzminskas, Nikola Vucevic, Mateusz Ponitka, Martin Kriz, Dmitriy Khvostov, Milan Macvan... Sí, seguro que no os resulta difícil decir algo así como "pero cómo puede nombrar a éste y no al otro"... Bueno, en un campeonato tan largo, con tantos partidos y con tan buenos jugadores a pesar de las ausencias, es normal que alguien que no sabe pero se atreve a escribir, meta la pata. 

En mi humilde opinión, siempre dio la sensación, desde el principio, de que España era la gran favorita. Su baloncesto fue robusto durante gran parte del campeonato, ante rivales, es cierto, inferiores, pero con posibilidades de asustar. Ni tan siquiera Croacia, quien apuntaba a un buen campeonato gracias a Bojan Bogdanovic o Dario Saric, pudo asustarlos. Supieron sufrir ante Turquía pero se vieron arrasados por una Eslovenia que se encontró con un grado de inspiración y puntería que aprovecharon aún más cuando la selección de Sergio Scariolo cayó en la desesperación. La Serbia de Aleksander Djordjevic, probablemente el equipo con más sangre ganadora y ánimo de competición (aunque solo sea por gente como Djordjevic, Bogdanovic o el gritón Vladimir Stimac), siempre fue un candidato y se confiaba en ese espíritu de lucha continua. Algo parecido a lo que les pasaba a los rusos, que contaban con metros y contundencia, muchos jugadores para trabajar, y, después, un Alexey Shved por encima de todos a la hora de anotar. Se pudo creer en Letonia, hasta en una Croacia que acabó convirtiendo la esperanza en una amargura dolorosa (las declaraciones del padre de Dario Saric, la destitución de Alexander Petrovic o, en caliente, lo que dijo el propio Bojan Bogdanovic son pruebas de ellos), en una Francia con muchas bajas, en la Alemania de un Dennis Schroeder que no pudo solo, y hasta en una Lituania, dirigida por un joven Dainius Adomaitis, que acabó defraudando en octavos al dejarse sorprender por Grecia, quien, al igual que Italia, sobrevivió a base de creer en sí mismos aunque jamás parecieran capaces de rendir a un alto nivel. Algo parecido se podría decir de los turcos. 

En mi opinión, los cuatro partidos finales, las dos semifinales, la final y el tercer y cuarto puesto han estado al nivel que se puede esperar de este campeonato, aunque he lamentado un mejor juego de conjunto, una mayor incidencia del colectivo ante el rendimiento y las estadísticas individuales. Eso sí, al otro lado del charco (esta, de nuevo, es mi torpe opinión), deberían ver estos partidos para ver cómo se le puede sacar rendimiento a los jugadores interiores, más allá del alley-oop o del rebote de ataque. Me quedo con el festival de Eslovenia en las semifinales ante España, con la última lección de los veteranos de la selección española en la lucha por el bronce y, sobre todo, por el hambre de victoria que siempre enseña una selección como Serbia y del ejemplo de resistencia que dieron los jugadores eslovenos. Ese último cuarto y medio, con Doncic, lesionado, aguantando las lágrimas en el banquillo y Dragic entrando y saliendo del banquillo, estuvo protagonizado por el semblante convencido de Igor Koskokov y la determinación de Klemen Prepelic, pero también habría que destacar la personalidad de Anthony Randolph, el trabajo bajo el aro de Gasper Vidmar, el aliento de Aleksej Nikolic o la sangre fría de Jaka Blazic. Hubo un momento en el que Prepelic y Blazic nos hicieron recordar a aquellos Roman Horvat y Dusan Hauptman que no están en las letras más grandes de las enciclopedias, pero los buenos aficionados siempre recordarán. 


viernes, 15 de septiembre de 2017

Manuel "Manolo" López Martínez

Autor: Ángel Chaparro Sainz
Número de socio del Barakaldo Club de Fútbol: 698




Cien historias mínimas

El fútbol es mucho más que un simple juego. Mucho más que una competición. Es algo más que profesión y deporte. Sí, es un negocio. Dinero, postureo, aire. Una valija robada. Ídolos de ceniza que se esfuman cuando sopla el viento del tiempo.
También es poesía. Aunque sea mala, como ésta. Pero es poesía. Poesía vulgar e hinchada; subjetiva y afectada. Pero poesía.
El fútbol, sobre todo, es ordinario y humano: la vida. Así escrito, en vano pero tras dos puntos, parece algo muy trascendente y noble, pero no deja de ser simplemente igual que todo lo aburrido que hacemos día a día. El fútbol también es eso. O parte de eso. Somos nosotros: los envilecidos, los plebeyos, los demediados, los simples, los ignorados, los que no salen ni saldremos en las fotos ni en los libros. Los que no recuerda nadie.

Solo los que le quisimos, por ejemplo, recordamos a mi padre. Sin embargo, para mí, él es el Barakaldo Club de Fútbol. Tanto o más de lo que pudieran serlo iconos como el escudo, lugares como el estadio, evidencias como su número en el registro de asociaciones deportivas.

En cien años que el club cumple ahora, éste se ha ido formando a base de crear una historia, y por tanto, una identidad, una razón de ser: ha encontrado un hueco en el mundo, por mucho que el hueco sea pequeño, tan diminuto como un rincón húmedo en una anteiglesia cualquiera, invisible si se mira desde lo alto de los despachos que federan o desde el estrado de la gala donde entregan premios bañados en oro o plata. Lo ha ido logrando, eso sí, poco a poco, gracias a distintos protagonistas, a triunfos y derrotas, con el paso de los años, apoyándose en cosas menos tangibles: la memoria, el vínculo que se hereda, el eco que queda de los que gritaron allí dentro, el rastro de los que rasgaron el campo, hasta el olor limpio que permanece siempre si una vez disfrutaste de cómo huele el verde recién segado. La gente y lo que hace la gente, bueno y malo, ha ido conformando este club, igual que se conformaron los otros: cientos de goles que marcaron jugadores que ya nadie recuerda, los que también erraron otros y aún hoy duelen, los contratos que firmaron los que dirigieron el club, los empleados que firmaron al lado, los que salieron en las ruedas de prensa, los que las grabaron, las máquinas que entraron a derribar el viejo estadio, la cal que se pintó y la que se borró, todos y cada uno de los hinchas, las hinchadas contrarias, los que se hicieron socios y los que no renovaron, los recién abonados, los veteranos, los espónsores, los vítores, los trofeos, las risas en el bar, los guardametas que se apoyaban en el palo y hasta los linieres que corrieron nuestra banda dejando marcada una línea de barro que parece el margen fino del precipicio que separa al futbolista del aficionado.

Entre todos ellos, aunque pocos le recordemos aún, yo sitúo a mi padre en primera fila. En cien años de historia, la suya fue tan importante como la de todos los demás: él fue el club, igual que hasta la estrella más pequeña del firmamento sigue siendo parte del universo por muy insignificante que sea esa parte.

Eso es fútbol: historias mínimas que no se enciclopedian pero que gente anónima se guarda dentro, como tesoros incalculables que nos han hecho ser quienes somos, aunque seamos poco y por poco tiempo.

Tengo muchos recuerdos en y del viejo estadio de Lasesarre, donde, durante años, este club centenario disputó sus encuentros como local. Yo era un niño al principio, inocente, torpe, entrado en carnes, bastante feliz y curioso. Aquel estadio que siempre pareció viejo, de otro tiempo, era un jardín de juego, igual que el patio del colegio o la calle donde vivías. Me pasaba gran parte de los noventa minutos pegándole patadas a las piedras descascarilladas del murete o capirotazos en el cogote a los amigos, colándome por las esquinas, paseándome por los tendidos, buscando musarañas, a veces, incluso, mirando el partido. Pero, siempre, cuando lo necesitaba, aunque fuera por inercia, me daba la vuelta, y allí estaba mi padre. Bajo la uralita, en la sombra, junto a sus amigos, viendo al partido pero, al mismo tiempo, atento para saber que yo me había girado y le buscaba con la mirada. Me sonreía como él solo sabía sonreír, con ese gesto quebrado que daba tanta calma como compasión. Su sonrisa. Las tertulias en los bares, antes del partido y en el descanso: aún puedo verme escuchando, agazapado, a la altura de sus cinturas, intentando interpretar conversaciones, entre el humo de tabaco, que parecían ocurrir en otro idioma, venir del país de los adultos. Entrar con él de la mano en el estadio. Su mano. Los dos crecimos dentro de aquel estadio, domingo a domingo, sin darnos cuenta. Años después, temporadas más tarde, crecido y perdido, yo prefería irme después de entrar, buscar a mis amigos en la Cábila, fumar a escondidas, darle un buche a la petaca, jugar a ser mayor y empezar a elegir un camino que, poco a poco, me iría llevando lejos de mi padre y lejos del fútbol de segunda división B. Ahora lo veo más claro que entonces, tiene coña, porque lo que sí recuerdo, por ejemplo, es aquel partido en concreto y aquel empate en el último minuto, y cómo me recorrí toda la preferencia a zancadas, para buscarlo en su zona, donde estaba como siempre, bajo la uralita, en la sombra, junto a sus amigos, viendo el partido pero, al mismo tiempo, atento para verme venir corriendo y aceptar el abrazo. Un abrazo torpe, de los que no sabes dar. 
Su sonrisa, su mano, y aquel abrazo, como tantos otros que se han dado en aquel viejo estadio y se darán en el nuevo, también ayudaron a cumplir cien años de historia. 

Mi padre no llegó a conocer el nuevo estadio. Murió mientras estábamos en el exilio, en la Ciudad Deportiva. Parecía que alguien nos había abandonado allí, a medio camino entre el futuro y el pasado, añorando lo que siempre conocimos y sospechando de lo que nos prometían. En esa época, se fue mi padre. A mi hermano y a mí nos costó volver al campo. Cuando volvimos, lo hicimos juntos. De hecho, yo volvía después de bastante tiempo, después de repudiar todo aquello porque me creía mejor que nadie. Casi por inercia y en silencio, fuimos caminando hasta un hueco de la curva norte, la que da al cementerio. Allí veía él los partidos. Nunca dejó de ir. Con la enfermedad en la piel, tumbándole la espalda, siguió yendo mientras pudo. Un día de frío y lluvia, incluso fuimos hasta Lezama. Le costaba caminar, la gente nos adelantaba, pero le brillaban los ojos como si volviera a creer que nada iba a poder con él. No recuerdo contra quién jugábamos aquel día que mi hermano y yo volvimos solos al campo, cuál fue el resultado, cómo salimos de allí. Lo que sí recuerdo es el silencio que compartimos. Parecía que todo el estadio lo compartía con nosotros: como si nos quisieran dejar solos, en paz, con él. El Barakaldo marcó un gol. Mi hermano y yo nos dimos la mano. Los dos teníamos los ojos incendiados, preludio de algo que queríamos y conseguimos evitar. A partir de aquel partido, todo costó un poco menos.

Le hubiera gustado el estadio nuevo, a pesar de todo. A pesar del polvo, las goteras, los charcos y los baños; el frío, los partidos perdidos, los cabreos desmedidos y los errores del árbitro. Sé que le hubiera gustado. Y a mí me habría gustado que lo conociera. Echo de menos su sonrisa, su mano y aquel abrazo. Echo de menos todos los que no fuimos capaces de darnos. Sé que, con el tiempo, habríamos aprendido a darlos mejor. Aún hay días, porque la vida real nunca deja de darte ostias, que, esté donde esté, me doy la vuelta y le busco, debajo de la uralita, en la sombra, junto a sus amigos. Pero ya no está. Solo hay una cosa que me consuela, o que, al menos, me mantiene alerta, ajeno al desaliento: pensar que quizás, ahora, la que se dé la vuelta sea mi hija y yo deba ser quien esté atento. Eso me lo enseñó él. Igual que me enseñó a querer. A querer, incluso, a un equipo de fútbol. A aceptarlo como es, con lo que te gusta y con lo que no. A ver el fútbol con pasión y con paciencia, con sentido común y con fogosidad, con el equilibrio justo para que nunca pierdas de vista la única verdad: que no la hay absoluta y que siempre es relativa.

Así que, de verdad, creo que el fútbol no es solo juego, competición, dinero. Es vida, como solo puede serlo la vida: fría y triste, a veces, siempre real y posible. El fútbol es mi padre. Su recuerdo. Soy yo cuando él estaba y ahora que le echo de menos, que le recuerdo y le pongo en primera fila de estos cien años de historia que son de él como son míos y de todos nosotros. Vistos desde lejos, sin enfocar, ahí en el estadio, sentados en nuestros asientos, parecemos títeres sobre un fondo extrañamente multicolor. Pero, en realidad, no lo somos: somos los protagonistas. De cien años y de cien historias mínimas con personajes anónimos como ésta. El fútbol somos nosotros. Nosotros somos el club. Lo hemos sido durante cien años y lo seremos cien años más.